domingo, 26 de abril de 2009

La televisión que va devorando nuestra ética

La carencia de escrúpulos en la televisión es algo ya conocido. Todo vale mientras haya más audiencia, y todos sabemos que el ser humano se ve tentado a menudo por el morbo. Pero ésta no es excusa para dar validez a la emisión de cualquier contenido, y más aún si la retransmisión de dicho “espectáculo” entra en conflicto con la legalidad.

El desafortunado caso de Marta del Castillo ha sido, por desgracia, objeto del morbo salvaje de algunos programas televisivos. El pasado febrero, Telecinco difundía una entrevista que le había concedido la ex novia del asesino de Marta. Ahora, la Fiscalía de Sevilla pide una indemnización de 130.000 euros para la menor porque ésta chica solo tenía 14 años, aunque por lo visto, según la cadena, tenía edad suficiente para declarar en televisión a cara descubierta. Dejando de lado la discusión acerca de la ética de los programas de televisión, hay que tener en cuenta que la Constitución trata de proteger al menor en la circulación de información y opinión. El derecho a la intimidad y a la propia imagen debería ser, por ley, mayor para una persona de menos de 18 años. Sin embargo, el espectáculo y el morbo a veces no entienden de leyes. Por mucho que ésta joven insista en que accedió voluntariamente a ser entrevistada, la obligación de cumplir la ley no va a desaparecer. Sobre todo si la causa de haber una ley que defienda la intimidad es, entre otras, la sobreabundancia de morbo.

La televisión es un poderoso instrumento socializador cuya responsabilidad recae en los mandamás de las cadenas. Pero la ley está por encima de ellos y, además, si existe es para asegurarnos una programación un poco menos salvaje y morbosa. Ana Rodríguez López

Televisión pública: más calidad y menos debate

Tras el anuncio de Zapatero de reducir la presencia de la publicidad en la financiación de la televisión pública, ha surgido una pregunta entre algunos sectores de la población. La pregunta es: ¿se hace necesaria la presencia de una televisión pública? Las respuestas son de lo más variadas: algunos piensan que, al igual que no hay prensa pública, tampoco debería haber un servicio público en la televisión, y otros defienden la misión del Estado de ofrecer una parrilla televisiva fuera de toda pretensión comercial.

Quizá habría que analizar primero porqué hay un debate sobre la necesidad de financiar TVE. Parte de la causa del dilema se origina en la calidad de esta televisión. Es lógico pensar que si se va a reducir la publicidad, entonces parte del dinero habría de salir de las arcas públicas. Y entonces se hace más lógico pensar que si se va a financiar una cadena con los presupuestos del Estado (y no me parece mal pues es una fórmula que se utiliza para todo), ésta debería ofrecer unos contenidos diferentes al de las cadenas privadas. El problema es que no es del todo así. Como servicio público debería ofrecer una información y un entretenimiento que permitiese el desarrollo del individuo. Y el que no quiera ver un programa cultural o la emisión de una ópera, que se puede entender, que elija entre las otras cadenas que se nos ofrecen.

Tal vez deberíamos defender nuestro derecho a poseer una televisión alejada de toda pretensión comercial. Sabemos que los servicios públicos no siempre funcionan muy bien (veamos el ejemplo de la sanidad), pero en vez de erradicarlos seamos un poco menos bárbaros y tratemos de mejorarlos. Ana Rodríguez López

miércoles, 15 de abril de 2009

Poca fé ante la cumbre

Se espera que la cumbre del G-20 sea el primer paso importante para combatir la crisis financiera. A los políticos y periodistas se les llena la boca con palabras como “colaboración” y “esperanza”, pero tal y cómo ha empezado la cumbre resulta difícil creer en la solidaridad entre países. La idea de naciones luchando juntas contra la hecatombe parece un cuento de ciencia-ficción, o así la Historia Universal lo refleja.

El más fuerte manda, y ahora que EEUU se ha debilitado parece fácil contradecirles. Pero no resulta tan fácil el creer que la cumbre vaya a producir una pila de países unidos ante la catástrofe. De primeras vemos que el presidente francés, Sarkozy, y la canciller alemana, Merkel, ya han hecho barrera frente a Barack Obama nada más abrirse la cumbre. Así, en este clima de tensión, parece que la colaboración entre países no vaya a ser tarea agradable. La paradoja de esta situación es cómo los ciudadanos esperamos con ansia el triunfo de esta cumbre. Es lógico que queramos que la crisis termine, pero hay que recordar quién nos ha metido en el ajo y quién ha hecho que seamos el pueblo quién más afectado se vea por esta crisis. Los países representados en esta cumbre producen el 25% del PIB mundial. Son los países poderosos, los más ricos, y entre ellos se encuentran los grandes defensores del capitalismo. Y este capitalismo es el que nos está haciendo daño: ahora nos hiere a los ricos, pero siempre ha maltratado a los pobres.

Espero que haya una solución a la crisis, pero no para que sólo los países ricos vivamos bien, sino todos los países. Hasta entonces, la idea de naciones unidas contra el mal me parecerá una historia de ciencia-ficción. Ana Rodríguez López