jueves, 19 de febrero de 2009

La conciencia de la Democracia

El intento de golpe de Estado que supuso el 23-F, en el año 81, significó una auténtica pesadilla para la democracia en España. Miembros de la Guardia Civil asaltaban el Congreso de los Diputados con el objetivo de desbaratar el sistema democrático y desbancar la Constitución que los ciudadanos habían aprobado mediante referéndum.

Algo que se puede sacar en claro de este día es que la mayoría de ciudadanos estaban de acuerdo en una cosa: mediante la fuerza no se debería imponer un gobierno. Sin embargo, los intentos de golpe de Estado en otros países suelen pasar muy desapercibidos en nuestra prensa. En agosto del año pasado, Evo Morales alertaba en una entrevista sobre la presencia de una “dictadura civil” en su país que atentaba contra la democracia. El aviso sobre el probable golpe de Estado no hizo eco en los medios a pesar de la gravedad de los hechos. Quizás esto se debió a que el presidente boliviano relacionó esta intentona golpista con la embajada de EEUU en La Paz. Algo similar ocurrió con el intento de golpe de Estado sucedido en la Venezuela de Hugo Chavez, en 2002. Según el presidente venezolano, este intento de derrocar al Gobierno fue promovido por el ex-presidente estadounidense George Bush. Esto no se pudo ver en ningún medio, al igual que tampoco pudimos enterarnos de la posibilidad de que José María Aznar, por aquel entonces Presidente del Gobierno de nuestro país, hubiese apoyado el golpe.

El 23 de febrero de 1981 un golpe de Estado era visto como una de las peores pesadillas que pueden darse lugar en un sistema democrático. Hoy en día parece que los intereses políticos, empresariales y, por extensión, periodísticos ganan terreno a los valores democráticos. Ana Rodríguez López

jueves, 12 de febrero de 2009

Los riesgos de la retórica ingeniosa

Los sofistas, un grupo de maestros griegos empeñados en recalcar el poder del lenguaje, fueron hábiles impulsores de lo que denominamos retórica. Esta palabra que les acabo de mencionar se refiere, según la enciclopedia Larousse, al “conjunto de procedimientos y técnicas que permiten expresarse correctamente con elocuencia”. Sin embargo, otra definición que ofrece esta reputada enciclopedia (aunque en desuso, creo yo, por la progresiva utilización de Wikipedia) la caracteriza como “palabrería, abundancia de palabras sin contenido o sin utilidad”.

Ciertamente, a veces es difícil distinguir entre un discurso inteligente, lógico e imponente por la forma del lenguaje, y un discurso igualmente imponente y señorial en su forma, pero absolutamente trivial y hueco en su contenido. Protágoras, destacado miembro sofista, decía que el dominio del lenguaje debía ser capaz de “convertir en sólidos y fuertes los argumentos más débiles”. Esta es una herramienta muy utilizada por los grandes oradores y embaucadores. En un relato del libro “El rombo de Michaelis”, de Fernando Rayuela, se cuenta la historia de un pescador sofista que, haciendo mano de su ingeniosa retórica, consigue venderle a sus clientes pescado en mal estado. Su argumento era que con las palabras y argumentos adecuados es posible que los compradores creyesen sus explicaciones culinarias sobre porqué era mejor el pescado podrido. Quizás este parezca un ejemplo exagerado, pero lo cierto es que continuamente estamos expuestos a la hábil retórica de oradores que no siempre son lo que parecen.

A diario percibimos decenas de mensajes publicitarios, escuchamos discursos políticos, nos exponemos a la fina oratoria de personas que se encuentra a nuestro alrededor y que, a menudo, nos convencen de cosas que no creemos. ¿No deberíamos pararnos de vez en cuando y reflexionar sobre esos discursos que oímos a diario? Porque quizás esas ideas que nos meten en la cabeza no coinciden con nuestra forma de pensar. Ana Rodríguez López