jueves, 12 de febrero de 2009

Los riesgos de la retórica ingeniosa

Los sofistas, un grupo de maestros griegos empeñados en recalcar el poder del lenguaje, fueron hábiles impulsores de lo que denominamos retórica. Esta palabra que les acabo de mencionar se refiere, según la enciclopedia Larousse, al “conjunto de procedimientos y técnicas que permiten expresarse correctamente con elocuencia”. Sin embargo, otra definición que ofrece esta reputada enciclopedia (aunque en desuso, creo yo, por la progresiva utilización de Wikipedia) la caracteriza como “palabrería, abundancia de palabras sin contenido o sin utilidad”.

Ciertamente, a veces es difícil distinguir entre un discurso inteligente, lógico e imponente por la forma del lenguaje, y un discurso igualmente imponente y señorial en su forma, pero absolutamente trivial y hueco en su contenido. Protágoras, destacado miembro sofista, decía que el dominio del lenguaje debía ser capaz de “convertir en sólidos y fuertes los argumentos más débiles”. Esta es una herramienta muy utilizada por los grandes oradores y embaucadores. En un relato del libro “El rombo de Michaelis”, de Fernando Rayuela, se cuenta la historia de un pescador sofista que, haciendo mano de su ingeniosa retórica, consigue venderle a sus clientes pescado en mal estado. Su argumento era que con las palabras y argumentos adecuados es posible que los compradores creyesen sus explicaciones culinarias sobre porqué era mejor el pescado podrido. Quizás este parezca un ejemplo exagerado, pero lo cierto es que continuamente estamos expuestos a la hábil retórica de oradores que no siempre son lo que parecen.

A diario percibimos decenas de mensajes publicitarios, escuchamos discursos políticos, nos exponemos a la fina oratoria de personas que se encuentra a nuestro alrededor y que, a menudo, nos convencen de cosas que no creemos. ¿No deberíamos pararnos de vez en cuando y reflexionar sobre esos discursos que oímos a diario? Porque quizás esas ideas que nos meten en la cabeza no coinciden con nuestra forma de pensar. Ana Rodríguez López

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